Cena fría

Un joven moreno de piel, con aspecto de latino, intenta cenar un poco de pollo caliente, humeante, sentado a la mesa que hay bajo la tele. Hoy domingo, el bar está vacío a esta hora de la noche. Solo un cliente silencioso, casi mudo, apura una cerveza mirando a la nada desde una esquina de la barra. Cuando abro la puerta del bar, tengo la sensación de haber roto algo: la rutina de un domingo, la exasperación de un hombre que ve morir su negocio, que desde hace meses se va enfriando como un cadáver. Es un bar clásico, de esos que en su día abundaban en las plazas del sur de Madrid y en los que se servían mejillones de lata y vermut de grifo. Tan clásico que conserva la barra de contrachapado, las viejas neveras, los manteles de papel y alguna que otra botella de Veterano. Tan clásico que los baldosines del suelo están carcomidos por los bordes. Tan clásico que en sus estantes brilla la roña de un viejo escudo del Real Madrid. Tan clásico que se podría decir que en los últimos cincuenta años solo han cambiado los platos que componen el menú de las pizarras: encebollado de pescado y alitas de pollo fritas con patatones.

 

Me acomodo en el mejor lugar de la barra, frente a la tele, donde dan los resúmenes de los partidos de la jornada de liga. No me quito el abrigo. En este bar hace mucho frío. El joven que intenta cenar se levanta para atenderme. Pasa a la barra por el hueco del rincón. Apenas necesita agacharse. Me sirve una cocacola de lata y me ofrece un platito de frutos secos de forma cordial. De inmediato, regresa a su mesa, a su plato de pollo y a un pequeño bloc en el que parece sumar ingresos y restar gastos. Suspira. Otra jornada más, la caja está vacía. Suelta el bolígrafo y agarra de nuevo el tenedor para pinchar otro trozo de pollo. Parece comer sin apetito. A veces incluso parece sentir asco. Se levanta y se pone un jersey de lana gorda de colores, de esos que terminan con una capucha, para después volver al pollo.

 

Miro la hora. Son las ocho y media. Un chorro de frío me sube por la espalda. Dos chicas jóvenes, también latinas, de unos quince años han abierto la puerta y han entrado al local. Se acercan en silencio a la barra y esperan a ser atendidas. Con mucha resignación, el dueño del bar vuelve a dejar el pollo a medias para despachar a las dos chicas, que le piden tabaco. “No, lo siento, no vendemos tabaco a menores”, dice el camarero. Sus palabras resuenan entre los viejos azulejos de las paredes, de las que cuelgan fotos del Madrid de la posguerra. Es como si el viejo Madrid se fuera apagando, como si la Cibeles o la Puerta de Alcalá se enfriaran dentro de aquella cantina.

 

Antes de que el camarero vuelva a su mesa le pago la consumición. “Gracias señor”. Las monedas suenan huecas en el cajetín de la registradora. Agachándose por el hueco de la barra, el joven regresa a la sala y vuelve a ocupar su sitio en la mesa. Bebe un poco de vino y le hinca el diente a un ala de pollo frito. “¡A la chingada, –exclama– otra vez la cena fría!”. Se levanta con el plato en la mano. Lo coloca en un ventanuco que debe dar a la cocina. Se inclina para coger una copa, que rellena con una de las viejas botellas de Veterano. “Hace frío esta noche, ¿verdad señor?”

Sesión de investidura

Habían pasado y las doce y cuarto de la noche cuando, tras participar en la primera sesión de la investidura del nuevo presidente del Gobierno, el flamante diputado por Almería salió ufano del Congreso de los Diputados. Pese a haber pasado todo el día sentado en su escaño, colocado cinco filas por encima que el del presidente, mantenía el tipo como si tal cosa. Ni una arruga en el traje, el nudo de la corbata bien ajustado al cuello y el pelo brillante aún, gracias al fijador. Con el maletín de piel en la mano izquierda y el móvil en la derecha, el diputado por Almería enfiló la Carrera de San Jerónimo en dirección a la Puerta del Sol en busca de su hotel, aunque nunca alcanzó su meta.

 

No lo hizo por su carácter extrovertido, ése que le llevaba a entablar conversación y disputa con cualquiera, ése que le llevó a ser el diputado más votado del partido del gobierno. Al alcanzar el Teatro Reina Victoria, nuestro hombre advirtió del reciente final de la función. Un hombre con chaqueta y pantalón azul marino barría con esmero la alfombra roja de la entrada. Sobre ella, estaba apagada ya la cartelera y se habían cerrado los ventanucos de las taquillas. Aquellos pequeños detalles de la vida de Madrid asombraban mucho al diputado, cuando aún no habían pasado dos semanas desde que tomara posesión de su escaño y se instalara en la habitación del hotel de forma provisional. Apostado frente al teatro comprobó que por una pequeña puerta lateral salían varias personas, a las que identificó con los actores de la obra. El pequeño grupo, de unas cinco o seis personas, se paró sobre la acera durante un par de minutos para despedirse. Después, el grupo se desintegró como lo hace un plato al romperse contra el suelo. Uno de los trocitos fue a parar junto al diputado, que no dudó en pulir su sonrisa de almidón y en encarar al actor.

 

–Porque usted es actor, ¿verdad? –preguntó.

 

El actor, de pelo cano y abrigado hasta el cuello por una recia cazadora de cuero, asintió con la cabeza, queriendo conocer también quién era aquel tipo enchaquetado y engominado que no parecía un admirador al uso. Nuestro protagonista se identificó enseguida y al actor debió parecerle tan exótico un diputado por Almería que le invitó a tomar una copa.

 

Tras callejear durante unos diez minutos, el actor y el diputado entraron en un bar coronado con letras de neón y custodiado por dos hombres grandes y rudos, vestidos de negro y con guantes a juego, que saludaron con una leve sonrisa a los dos clientes. La extraña pareja, una más de esas que surgen en la noche de Madrid, tomó posición junto a la barra de madera, gobernada por una chica joven y exuberante, que mascaba chicle sin parar. El actor tiró de garganta para ordenar dos whiskeys con hielo.

 

–Porque a usted le gusta el whisky, ¿verdad? –dijo.

 

El diputado acató la enmienda sin saber muy bien por qué, absorto por las escenas que se abrían en torno a ellos y que eran impensables en los bares de una capital de provincia tan pequeña como la de su circunscripción. Sentadas en un tresillo, tres mujeres entradas en carnes y embutidas en unos vestidos muy cortos y todos iguales dejaban deslizar por la comisura de sus labios gordos y bermellones el líquido de sus copas. Tres hombres desaliñados y borrachos, merodeaban en torno a ellas, buscando algo más que compañía, mientras otro, bajito y rechoncho, introducía monedas en una máquina de discos de la que solo salían boleros. Después, corría a bailar con una de las gordas a un altillo de madera, en el que también bailaban agarradas otras parejas.

 

Tras otear el cutre panorama del local, el diputado por Almería se giró hacia la barra para dejar su maletín de piel y para dar un trago a su vaso de whisky, que al principio le quemó la garganta, conformando un surco por el que la bebida siguió circulando durante varias horas.

 

–¿Y por qué la política? –preguntó el actor–. Ya, ya lo sé, no me lo diga. Por ambición, por ego, por el sueldo o por el coche oficial. Ustedes deben ganar una pasta ¿eh? Ese traje que lleva no debe ser barato. Es de marca, ¿verdad? A lo mejor es usted político porque no sabe hacer otra cosa. Quizás es el hombre de paja de algún empresario ladrillero o el amante secreto de algún jerifalte de su partido… Sí, sí, ya sabe, uno de esos que se ponen de rodillas ante un buen mozo cuando no les ven ni su mujer ni el cura que les da la comunión los domingos. ¡Tómese otra copa, hombre! ¡Acompáñeme!

 

El actor pidió otras dos copas y siguió con su monólogo. Según iban bebiendo, sus palabras resultaban más incómodas a los oídos del diputado, quien por otro lado no podía evitar encontrar ejemplos cercanos a cada una de las malas prácticas que iba enumerando el actor entre trago y trago.

 

–Lo que de veras resulta difícil es encontrar a un político que tenga al ciudadano en el eje de su actividad. Imposible. A lo mejor no es su caso y usted solo busca el bienestar de sus conciudadanos, pero mira que me extraña.

 

En ese instante, el actor metió la mano en el bolsillo derecho de su pantalón, del que salió un ratón diminuto, tan pequeño que apenas sobresalía de la palma de su mano.

 

–¿Sabe una cosa? –dijo–. Ustedes, los políticos, tratan a los ciudadanos como si fueran ratoncitos como éste. ¿Lo ve? Es un animal inofensivo. Eso sí, siempre que esté solo. A ustedes, los ciudadanos les importan uno por uno, nunca en colectivo. Por eso promueven este modelo de sociedad, en el que priman el individualismo y el ego de cada uno. Y lo consiguen, vaya si lo consiguen.

 

El animalito jugueteaba en la mano del actor, que de vez en cuando le acercaba el hocico al vaso de whisky.

 

–Nos tratan como a estos pequeños ratoncitos, nos encierran en nuestras jaulas y nos ponen sobre una ruedita en la que nos marean a base de dar vueltas… ¡Oye guapa, ponnos la espuela! El problema para ustedes llegará cuando cada uno de los ratones que les sustentan en el poder escape de sus jaulas y de sus norias y quieran probar nuevas fórmulas de vida. Le doy un consejo, amigo: piensen en ese momento y tengan preparada la solución, porque lo van a pasar mal.

 

Las palabras del actor retumbaban en la cabeza de nuestro hombre, que se iba desanudando la corbata a medida que iba escuchando todas y cada una de las reflexiones de su partenaire. Le sudaban las manos y la frente y las gordas del sofá empezaron a parecerle atractivas. Empezó a ver ratoncitos en los hombres que baboseaban boleros en el estrado, pequeños ratoncitos girando en las ruedas de sus jaulas. Pidiendo disculpas al actor, el diputado por Almería se dirigió al lavabo. Se lavó la cara con agua fría, mojándose también la nuca. Aliviado en parte, regresó a la sala, pero ya no quedaba rastro del actor ni del ratón. “Será mejor que me vaya”, se dijo. Al llegar a la puerta giró la cabeza. Antes de marcharse, necesitaba reencontrarse con la realidad de la noche en Madrid. Allí seguían las tres rollizas con vestidos cortos y las parejas seguían bailando en el altillo, aunque cada vez más desacompasadas.

 

Con las manos en los bolsillos, deambuló durante un par de horas. Era incapaz de encontrar el hotel. A esas horas, todas las calles le parecían iguales. Ya había dejado de sudar y el frío le había congelado la sonrisa. Durante el tiempo que pasó callejeando por Madrid no se cruzó con nadie. Tan solo tuvo que apartarse ante el camión de la basura, que paró a su lado para recoger un contenedor, del que salió corriendo un ratoncito alertado por el rugido del camión. Una de aquellas callejuelas que recorrió varias veces acabó desembocando en la Carrera de San Jerónimo y el diputado se orientó de nuevo. Y se encontró también con la vida de Madrid, que a esas horas ya se desperezaba. Miró el reloj: las siete de la mañana. Apenas tenía tiempo para una ducha antes de volver al Congreso.

 

Al llegar al hotel, se percató de la última desgracia de aquella noche: había olvidado el maletín de piel sobre la barra del bar. Con mucha dificultad, regresó al antro en el que había pasado la noche. La puerta estaba cerrada, pero la golpeó con fuerza. Al poco, abrió la puerta la camarera, que seguía mascando chicle, y que llevaba una escoba en la mano. Al ver al diputado, la chica sonrió:

 

–Esto debe ser suyo –dijo, acercándose a la barra para recoger el maletín.

 

El diputado dio las gracias. Antes de marcharse tuvo que pagar la cuenta, que ni él ni el actor habían abonado la noche antes. Abochornado y cansado, decidió coger un taxi que le llevara al Congreso. A las 8 en punto comenzaba la segunda jornada de la sesión de investidura y no podía llegar tarde. Un retraso en un momento como ese podría suponerle el ostracismo. Ni la presidencia de la comisión de Obras, ni una secretaría de Estado. Nuestro hombre llegó puntual a la cita. El resto de señorías hacían hueco en los pasillos al diputado por Almería, que llegó corriendo, desaliñado y apestando a alcohol y a sudor. Los del partido de la oposición sonreían y hacían comentarios en voz baja. Sus compañeros de siglas corrían a chivarse al jefe. El caso es que cuando sonó el timbre, nuestro hombre ya estaba en su escaño.

 

El presidente de la cámara comenzó a dar lectura al orden del día, mientras los diputados abrían sus portafolios y carteras, y ponían sus documentos sobre sus pupitres. Lo que no esperaban era que de la quinta fila comenzaran a salir decenas y decenas de ratones minúsculos, que escapaban del maletín de piel del diputado del Almería. Nuestro hombre hizo el vano intento de recoger cuantos pudo, pero cuando vio que era imposible huyó por las escalinatas del hemiciclo. El nuevo presidente del Gobierno, con fobia a los ratones, cayó desmayado y tuvo que ser evacuado en ambulancia. Los diputados de la oposición aplaudían y pataleaban y los compañeros de siglas del diputado por Almería empezaron a perseguirle. Entre tanto, los ratoncitos se iban haciendo con el control del parlamento.

La historia de don Aurelio

Entre rodamientos y garrafas de anticongelante apura sus días don Aurelio. Es joven para morir, apenas supera los sesenta, pero su adicción a la bebida le está pasando factura. Don Aurelio siempre guarda un par de cervezas frías en la nevera que tiene en la trastienda, aunque lo que más le gusta es la ginebra, que bebe a palo seco en una copita de cristal, que tiene junto a la botella, encima de la nevera. Los manchones en el guardapolvo azul le delatan ante sus clientes, que se arremolinan en torno al pequeño mostrador de madera para comprar un par de lámparas o unas escobillas nuevas para el limpiaparabrisas. Don Aurelio empezó a beber muy joven, recién nacido Javier, su primer y único hijo, y justo después de que su mujer se lo llevara para siempre. Han pasado ya treinta años de aquello, pero don Aurelio piensa en ellos –sobre todo en él– cada vez que se levanta y da un trago a su botella de ginebra. Aunque muy despacio, Don Aurelio se maneja con soltura por los estrechos pasillos de la tienda. Es lógico después de una vida entera allí dentro. Sabe dónde encontrar a la primera la bomba de agua que necesita Manolo para su berlina y dónde guarda las pastillas de freno de la furgoneta del frutero de al lado. El sonido de su tienda lo componen el tintineo de los fusibles cuando abre y cierra con fuerza los cajones donde los guarda, el clink clink de la vieja caja registradora, la campanita de la puerta que le alerta de la entrada de los clientes y el pequeño aparato de radio en el que don Aurelio escucha sus viejas cintas de flamenco, que canturrea sin parar: “Late y late/ el corazoncito/ que es un disparate./ Cuando bien se quiere/ el corazoncito/ pierde los papeles”. De vez en cuando, don Aurelio marca el ritmo de la música con las manos sobre la madera del mostrador.

 

Hoy, lunes por la mañana, hay poco jaleo en su comercio. Sentado en la mesita de la trastienda, don Aurelio apura la botella de ginebra pensando en sus cosas, que se resumen en una: su hijo Javier. “Ya debe rondar los treinta –piensa entre sollozos– si le viera no le conocería. Sería incapaz, después de tanto tiempo… No he borrado su rostro de mi mente, pero treinta años son muchos. Su madre lo llevaba en brazos, dormidito, cuando se marchó en mi viejo Chevrolet, recién pintado de rojo. Sobre el asfalto, se fue convirtiendo en una mancha roja, menguante, como absorbida por el horizonte. Hijo mío, si te viera te preguntaría si alguna vez alguien te habló de mí, si alguien te enseñó la foto de tu padre… Tal vez tu madre rehizo su vida con otro hombre y te contó que era él tu padre y no yo. Tal vez no…” 

 

La campanilla de la puerta saca a don Aurelio de su ensimismamiento. Apura la copa, la enjuaga en una pequeña pila, y sale a atender. Al otro lado del mostrador se encuentra con un hombre joven, de pelo rizado y con pinta de deportista que pone sobre el mostrador un manojo de llaves.

 

–Buenos días, usted dirá. –Don Aurelio tira de su muletilla habitual para atender a los clientes.

 

–Buenos días. Verá, estoy buscando pintura para maquillar un arañazo que hice ayer al coche en el garaje. Ya sabe, las columnas, que las colocan siempre donde nadie las espera –contesta el joven sonriendo.

 

–Dígame el color –dice don Aurelio– y también la marca del coche, que no suelen tener los mismos tonos.

 

El joven le dice que el coche es rojo y que es un Chevrolet bastante antiguo. Enseguida, a don Aurelio, le invade la curiosidad. “¿Será mi coche?”, piensa. Los nervios le hacen tropezar con unas latas de aceite, que tiene apiladas por marcas y modelos. “¡Sería mucha casualidad, ¿no?”

 

–Será mejor que lo vea, ya no se fabrican sprays para esos coches antiguos. Veré si el color se adapta a alguno de los tonos que tengo en la tienda.

 

El joven y don Aurelio salen a la calle. El coche está aparcado dos esquinas más abajo. Al llegar a él, a don Aurelio se le empiezan a disipar las dudas. “¡No puede ser, es como mi viejo Chevrolet! ¡Es idéntico al mío! ¡El mismo rojo y los mismos tapacubos! ¡Si solo ha cambiado las fundas de la tapicería!”, piensa asombrado don Aurelio, que de inmediato coloca su mente junto a la botella de ginebra para intentar olvidarlo todo.

 

–Creo que podré ayudarle –dice–. Acompáñeme a la tienda.

 

Tras una última ojeada al capó del coche, de un rojo que hoy brilla de forma especial (esas cosas se notan), don Aurelio y el joven atlético de pelo rizado vuelven hacia la tienda. Por el camino, a don Aurelio la cabeza le da vueltas. “¿Será mi coche? ¿Y quién será el conductor? Imagino que a mi mujer no le sería fácil salir adelante. A lo mejor tuvo que venderlo y este chico lo compró. Es imposible si lo vendió cuando se fue, este chico sería un niño… A lo mejor lo ha vendido hace poco, quizás ya se ha cansado de conducir. ¿Y si este chico fuera mi hijo? ¿Y si fuera Javier?”

 

–Aquí tiene –dice don Aurelio regresando al otro lado del mostrador y colocando torpemente un bote de spray sobre el mismo–. Agítelo primero y luego extiéndalo sobre el arañazo a media distancia, como a dos palmos. Déjelo secar y repita la operación durante tres días al menos, aunque ya irá viendo usted mismo si necesita más o menos.

 

–Así lo haré, no se preocupe.

 

–¿Me permite una pregunta? –dice don Aurelio, al que se le nota atribulado–. ¿De dónde ha sacado una joya como esa?

 

–Lo heredé de mi madre, que murió hace dos años. Ella le tenía mucho cariño y no me he atrevido a venderlo. Es casi como de la familia, a mi hijo le encanta.

 

–Ha hecho usted muy bien –responde el tendero con voz temblorosa–. Nunca es bueno alejarse demasiado de la familia.

 

El joven coloca un billete de diez euros sobre la madera raída del mostrador. El clink clink de la caja rompe el compás que marca el aparato de radio. El cliente recoge el cambio, da las gracias y mira hacia arriba para comprobar qué es lo que suena cuando abre la puerta.

 

–¡Oiga! –grita don Aurelio antes de que el joven termine de salir.

 

Con un gesto el joven le insta a explicar qué le pasa. Don Aurelio duda, las manos le tiemblan y los ojos se le enrojecen.

 

–Espere un momento.

 

Tras unos segundos, Don Aurelio se vuelve y saca un paquetito de uno de los cajones. Extiende el brazo y se lo entrega al joven, que se acerca de nuevo al mostrador.

 

–Es un ambientador. Un detalle de la casa.

 

Ahora sí, el joven sale de la tienda con el spray y el ambientador dando las gracias de nuevo. Don Aurelio gira el cartel de la puerta, con el rótulo de “Cerrado” hacia la calle. Vuelve sobre sus pasos y cruza el pasillo que llega a la trastienda. Agarra la botella de ginebra y comprueba que está vacía. Con fuerza, la rompe contra el suelo y se echa a llorar. En la radio, sigue la música: “Late y late/ el corazoncito/ que es un disparate”.

San Fernando Rey

El director de mi periódico viene diciendo últimamente que más grave que la crisis económica es la crisis de valores en la que vive la sociedad actual. Y lo cierto es que fue cruzar el umbral de aquella ermita para comprobar que mi jefe no iba mal encaminado. Ya desde el gran portalón de madera, y de frente al altar, pude divisar al menos a una docena de agentes de la Guardia Civil que, ataviados con guantes de látex, buscaban huellas dactilares con unas brochitas muy finas que manejaban con destreza. Levantando la vista comprobé que la hornacina de San Fernando estaba vacía, tal y como me habían soplado mis fuentes.

 

Caminé por el pasillo central, hasta alcanzar el pie del altar, donde la Guardia Civil hacía su trabajo. Me acerqué muy despacio, respirando el aire que siempre huele de forma especial en las iglesias, mezclado con el aroma del incienso y de la cera quemada de los cirios. Los periodistas siempre corremos en busca de la información, ya estemos cubriendo el atraco a un banco o un suceso macabro de esos que manchan de sangre las páginas impares. Siempre nos hacemos notar allá por donde vamos, con comentarios y bromas malsonantes que no reparan en la proximidad de las víctimas de la noticia. Sin embargo, por aquel pasillo rodeado de bancos de madera caminé muy despacio. Aquí la víctima era Dios y no era cuestión de bromas. Y menos en su casa. Saqué del macuto una pequeña cámara digital que siempre llevo conmigo para intentar hacer una foto, pero la mano ágil de un agente no tardó en tapar el objetivo. Inmediatamente después me arrebató la cámara indicándome la obligación de no entorpecer la labor policial. En la otra mano, el guardia llevaba la brochita.

 

El agente me devolvió la cámara y me pidió que esperara a que concluyeran su trabajo. Además, si quería hacer fotos tendría que pedir permiso al párroco. Recorrí el templo con la mirada y no vi a nadie que pudiera asemejarse a un cura, así que di una pequeña vuelta por la iglesia, repasando y apuntando todos y cada uno de los santos y mártires que poblaban los pequeños ábsides y capillas laterales del templo. Todas aquellas figuras representaban a santos comunes, en su día ciudadanos de a pie, a quienes su fe y devoción y algún que otro milagrillo habían elevado a los altares. Allí estaban San Isidro y su esposa Santa María de la Cabeza, San Antonio de Padua o Santa Marta. No era el caso del santo que presidía la ermita, San Fernando Rey, patrón de ciudades señoriales como Sevilla y de reales sitios como Aranjuez, a quien la Iglesia beatificó y santificó por su destacado papel en la Reconquista mientras reinó en España como Fernando III. Mientras unos subían al cielo por rezar al Señor implorando la lluvia para sus campos, otros lo hacían por matar herejes a cuchilladas. Mientras en el templo unos lucían humildes hábitos y aperos de labranza, el sustraído coronaba de oro su cabeza y vestía los ricos ropajes que son dignos de un rey, que además es santo.

 

Eran mediodía, más o menos, cuando decidí sentarme a esperar en el penúltimo banco de la ermita. Estaba entretenido repasando mis apuntes y hojeando el periódico del día, buscando el reportaje que había elaborado durante la tarde anterior. En esas andaba cuando se abrió el portalón de la ermita, por el que entró un señor de mediana estatura, algo grueso para su tamaño y vestido con sotana y alzacuellos, que se sentó a mi lado. Blanco y en vasija: el cura.

 

–¿Es usted periodista? –preguntó.

 

–Sí, precisamente le esperaba. Me dijeron que necesito de su permiso para hacer fotografías.

 

–Sí, dispare, dispare, va a encontrar poca cosa –dijo el cura cruzándose de brazos, como si el gesto le abrigara del frío instalado entre los gruesos muros de la iglesia.

 

El cura guardó silencio durante unos minutos. Solo abrió la boca para toser.

 

–¿Era muy cara la imagen desaparecida? –le pregunté, casi susurrando.

 

­–Todo lo cara que puede ser la imagen principal de una parroquia tan pequeña como ésta. Si en vez de ser sábado hoy hubiera sido lunes, nadie se hubiera enterado de su ausencia. Pero claro, mañana es domingo, y son muchos los feligreses del pueblo de al lado que vienen a escuchar misa y a comer en ese asador que hay al otro lado de la plaza. Pero sí, sí que era la imagen más cara de la ermita. Era la más grande y además la corona era de oro. ¿Quién iba a fijarse en un San Antonio de Padua con un San Fernando tan imponente en el altar principal? Una situación como esta hubiera sido impensable cuando yo me incorporé al seminario, hace ya 43 años. Pero hoy ya todo nos da igual. No respetamos ni a Jesús. Nos metemos en su casa y caemos en tentaciones que solo se explican en una sociedad tan viciada como ésta. Como ve, aún quedan muchos mercaderes por expulsar del templo de la creación.

 

Tras un breve suspiro, el cura siguió con su discurso sin darme opción a preguntar, casi como un político en campaña electoral.

 

–Aunque le confieso una cosa, a mí este santo no me gustaba demasiado. Todos somos hijos de Dios, y más los santos, pero este no hizo más que aprovecharse de su condición de rey para ascender a los altares. Quizás aquella sociedad estaba tan corrupta como ésta, quién sabe. En todas las épocas han existido pícaros, reyes o no, que han sabido colocarse en el sitio oportuno en el momento preciso. Fíjese que hasta para ser Santo hay que tener un punto de suerte. El azar lo mueve todo hijo mío, alcanza a todo y a todos. Ninguno escapa a la fortuna, y quien diga que no la tienta de vez en cuando estará incumpliendo el octavo mandamiento.

 

El cura se volvió a callar durante unos segundos, para ponerse a rezar después. Con las manos cruzadas sobre el regazo, musitaba un Padre Nuestro casi imperceptible que solo fue interrumpido por un agente de la Guardia Civil, con pinta de sargento, que se acercó para comunicarle que ya habían terminado su trabajo. El guardia le ofreció un bolígrafo para que firmara la denuncia.

 

–Si quiere leerla, padre…

 

–No hace falta hijo, si no podemos fiarnos de la autoridad, ¿qué nos queda?

 

El agente guardó las hojas en una carpeta y estrechó la mano del cura. Se despidió de mí con un somero “buenos días”, que acompañó con un ligero arqueo de cejas. Después, el párroco me instó a hacer las fotos que necesitara y me pidió por favor que apagara las velas que iluminaban el altar. Yo le obedecí sin más. Crucé de nuevo el pasillo central y fotografié la hornacina vacía desde diversos ángulos. Pero nada me llamó la atención. Ni un rasguño en la escayola. Ni una mancha en las piedras del suelo. Ni una sola pista olvidada sobre la mesa del altar. Las pesquisas daban para un breve en página par. Poco más. “Obra de profesionales”, pensé. Soplé sobre la llama de las ocho velas y regresé hasta la posición del cura, que se levantó y se ofreció a acompañarme.

 

–Así me acerco al cepillo y recojo lo poco que haya –dijo.

 

A falta de unos veinte metros para alcanzar la puerta nuestros caminos se separaron. El cura, ajeno ya a mi presencia en la ermita, sacó una llavecita del bolsillo y abrió el cepillo, un cajón de chapa con una ranura en el centro empotrado en la pared. Poniéndose de puntillas, metió las dos manos en el receptáculo. Al alcanzar la puerta, noté que algo cayó al suelo. Fue un golpe seco, que rompió el silencio que compone la banda sonora de cualquier templo. Giré la cabeza. A los pies del cura había un fajo de billetes sujetos con una goma. Desde mi posición, parecían de 50 euros. No me había repuesto del hallazgo cuando desde el cepillo cayó también una pequeña caja de madera que se abrió al chocar contra el suelo, esparciendo su contenido: una baraja francesa y un puñado de fichas de colores.

 

Ya en el coche, camino de la redacción, recordé esa frase que a menudo dice mi jefe y recordé también las palabras del cura: “El azar lo mueve todo hijo mío, alcanza a todo y a todos”.

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¿Otra vez? Chechugadas

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