Suelo pasar las tardes en esta terraza cuando llega la primavera. Con los primeros rayos de sol del año –me refiero a los reales, a los que empiezan a picar, a los que inundan las calles y desnudan a las señoras– la vida en Madrid se ve de otra forma. Madrid amontona colores en las cristaleras de los escaparates, se burla del gris de los notarios y llena de piruetas las plazas como esta. Con mi té helado pasó las tardes en esta terraza, junto a esta gran boca de dragón que vomita unas treinta personas cada cuatro minutos.
Me gusta ver a la gente entrar y salir del metro. Mis hijos no me entienden. Dicen que estaría mejor en casa mirando la tele, o en uno de esos salones en que los viejos aporrean las fichas del dominó contra la mesa. Sin embargo, la doctora Otero sí que me entiende, y me anima a seguir pasando las tardes frente a la boca del metro. Yo le he explicado que juego a recordar cada una de las caras que salen cada tarde del agujero negro y ella dice que es un buen ejercicio para mi memoria. Y claro, yo pienso: a ver si van a saber mis hijos más que el médico. Pues no. Mira, por ahí sale el tipo pesimista del paraguas y el maletín. Hoy sale más tarde, tanto que la mujer que le espera siempre ha decido ya marcharse. ¡Jo! ¡Mira, mira! ¡Se vuelve loco buscando!
––Sí, por favor, un té con hielo. Como siempre.
Desde mi posición privilegiada de primavera observo la cantidad de gente diferente que viaja en metro. Chavales vestidos con ropas anchas y zapatillas grandes y de colores, coronados con gorras ventiladas; señoras con bolsas de plástico y monederos vacíos; engominados, encorbatados, encorsetados y endomingados; hombres tristes que, de vuelta a casa, temen encontrar sobre la mesa, de nuevo, la cena fría; otros que no esperan tener cena si quiera; chicas de vestidos cortos y alegres, que son las que más me gustan. Yo las señalo con el bastón y el camarero, que me acaba de servir el té, me guiña un ojo y suelta una carcajada.
Una de esas chicas era Marita. Marita salía todas las tardes, a eso de la seis, y corría buscando a un chico que la besaba en los labios. Después, se cogían de la mano y se montaban en un autobús con parada cercana. ¡Ay, Marita! Marita era una chica encantadora. Su sonrisa lo salpicaba todo. Cuando Marita salía del metro el mundo se detenía. Era como si todos dijeran: ¡quietos, cuidado, atentos! ¡Que sale Marita! Luego su novio la cogía de la mano, y al autobús. Y los demás, muertos de envidia.
Así era cada tarde de aquella primavera, hasta el día en que Marita salió del metro y comprobó que nadie la esperaba. Barrió con la vista la plaza, pero no encontró su beso camino del bus. Apoyada sobre el respaldo de un banco, la joven Marita se puso a esperar. Apenas pasaron cinco minutos, pero ella no dejaba de mirar su reloj. Y viendo que nadie llegaba, decidió sentarse en esta misma terraza, en una mesa junto a la mía. Se colocó justo a mi lado, pienso que con la intención de no perder la pista de la boca del metro. Nuestros hombros casi se tocaban. El camarero le sirvió un refresco de naranja, guiñándome un ojo al pasar a mi lado.
––Hoy le han dado a usted plantón–– le dije animado.
Ella volvió la cara y me lanzó una sonrisa en forma de cumplido. Apuré mi té y fui contando uno a uno a todos los pasajeros del metro habituales a esas horas de la tarde: la señora mayor que arrastra vacío su viejo carro de la compra; el niño con el uniforme de la escuela, que camina cinco pasos por delante de su madre haciendo creer a la gente de ya va solo al colegio; las tres mujeres que comparten trabajo y trayecto en el subsuelo. Entre tanto, Marita acabó con su primer refresco y se dispuso a dar cuenta del segundo. Trasteó con su teléfono móvil ––sin recibir buenas noticias, me temo–– sacó un libro del bolso e hizo como que leía. Porque la realidad es que no apartaba la vista de la boca de aquel dragón, que parecía haber devorado a su chico.
––Usted no le habrá visto, ¿verdad? ––preguntó ella.
––No, señorita. Hoy no ha venido. A lo mejor le ha surgido algo, ¿no cree?
––Puede ser, pero me habría avisado. Es todo tan extraño.
––No se apure mujer ––le dije–– seguro que todo tiene una explicación.
Ahora la sonrisa de Marita era más sincera que la del principio. Con la caída de la tarde se despojó de sus gafas de sol y me enseñó sus ojos. Eran tan brillantes como el resto de su cuerpo.
––¿Y usted por qué sabía que estaba esperando a alguien?
––Bueno, ésa es mi tarea cada tarde.
––¿Cuál? ¿La de espiarme? ––dijo ella alarmada.
––No, mujer. Cuando llega la primavera, paso las tardes en esta terraza. Me gusta mirar a la gente, observar sus caras, sus gestos, los caminos que emprenden cuando salen del metro. Es una distracción como otra cualquiera. Lo que pasa es que a fuerza de observar, uno acaba por conocer a mucha de la gente que pasa por aquí cada día y a la misma hora. Y qué quiere que le diga, es imposible no fijarse en una chica como usted.
Marita se sonrojó y balbuceó un “gracias” tan tímido que apenas lo escuchamos ella y yo.
––¿Permite que le invite al té, don…?
––Nicolás. Nicolás Fernández. Por supuesto que puede, pero no quisiera yo abusar, señorita…
––Marita. Lo de señorita lo dejamos, don Nicolás. E insisto en invitarle.
El sol ya se escondía sobre el gran edificio que escoltaba aquella plaza y Marita se marchó. Lo hizo en el autobús que cogía siempre, pero esta vez se marchó sola.
––¡Qué bien se le ha dado hoy! ¿Eh, don Nicolás?
Yo también me marché a casa. Me despedí de mi compinche con un guiño de esos tan habituales en él. A la tarde siguiente volví al bar. Volví a pedir un té con hielo y volví a contar a todas y cada una de las personas que surgían del vómito del dragón. Allí estaban los engominados, encorbatados, encorsetados y endomingados; y el niño con el uniforme de la escuela, que camina cinco pasos por delante de su madre haciendo creer a la gente de ya va solo al colegio. Por allí desfilaron todos menos Marita. Ni rastro de su bolso ni de sus gafas de sol, ni rastro de su sonrisa. Ni rastro del chico que la esperaba con un beso. Con la ausencia de Marita, la primavera perdió intensidad y en la fila del metro se colaba algún notario de vez en cuando. Mira, por ahí sale el tipo pesimista del paraguas y el maletín. Hoy sí le espera esa mujer, como cada día.
Cuando llegué al lugar de los hechos la zona estaba ya acordonada y decenas de curiosos se hacían hueco entre los flashes de los fotógrafos y las cámaras de televisión. Uno de los agentes me vio llegar y enseguida hizo hueco en el tumulto para que pudiera pasar. Él mismo levantó la cinta de plástico azul, aunque tuve que agacharme un poco. A trompicones, Joe White salió a recibirme y me acompañó al interior del bar. Apestaba a whisky. Habitual en Joe White. Sobre la barra seguían los vasos de cerveza y licor, los servilleteros de plástico y una pequeña planta que dividía el espacio en dos y que estaba empezando a echar la flor. Había varias sillas tumbadas en el suelo. En el televisor, sin sonido, daban un partido de cricket y en el hilo musical sonaba una canción latina que me era familiar. Un bolero, o algo así.
–¿Se sabe algo nuevo? –pregunté.
Joe White encendió un cigarrillo, silenció su teléfono móvil y respondió lacónico.
–Lo siento Inspector, poco más de lo que le conté hace una hora. Un hombre muerto de un disparo que nadie vio, porque nadie quedaba cuando llegó la primera patrulla.
–¿Y el dueño?
–Tampoco estaba aquí cuando vinimos. Ni el dueño, ni un camarero ni nada por el estilo. Hemos revisado todo de arriba abajo. No queda nadie en el office, ni en el almacén, ni siquiera en los baños. Es todo muy raro.
Asentí con la cabeza y saqué tabaco del bolsillo de mi camisa. Joe White me ofreció fuego y me acompañó al otro lado de la barra, donde yacía el cadáver de la víctima. Abrí la bolsa y vi la cara pálida de un hombre, de cabeza grande y pelo abundante y rizado. Llevaba una barba recortada desde las patillas hasta el mentón. Aquel hombre debía rondar los cuarenta o cuarenta y cinco años. Joe White me aportó datos desordenados sobre la identidad de la víctima. Casado y con dos hijos, vendedor de seguros y aficionado al deporte. Un hombre vulgar, pensé, que seguramente pasaba por aquí buscando una cerveza fría después del trabajo. Era en situaciones como aquella en las que recordaba el día de mi ascenso, en el que dejé de informar sobre hechos similares a las familias de las víctimas. El dolor de sus parejas, de sus padres o de sus hijos nunca dejan indiferente a nadie, por mucha experiencia que uno haya adquirido manejando situaciones de ese tipo.
Revisábamos el atestado cuando un agente entró en el local acompañando a un tipo que decía ser el dueño del bar. Muy corpulento y agitado, llevaba puesto un chándal verde botella y zapatillas.
–Así que es usted el dueño –dije encarándole muy despacio–. ¿Y dónde estaba cuando mataron a ese hombre? ¿Por qué se marchó? ¿A dónde?
–¿Que han matado a un hombre? ¿Aquí en mi bar?
–Sí, ya ve. Y ahora responda a lo que le pregunto.
–Pues estaba en mi casa. Hoy es martes, mi día de descanso. El Anthony’s cierra todos los martes –dijo balbuceando.
Seguí preguntando casi sin escuchar las respuestas del tipo del chándal.
–¿Alguien más tiene llaves del bar? ¿Algún camarero o algo así?
–No, señor. Éste es un negocio familiar. Aquí trabajo yo solo.
Sin quitarle los ojos de encima le anuncié que tendría que acompañarme a comisaría como principal sospechoso del asesinato de aquel hombre. Joe White acudió enseguida para esposarlo y un par de agentes lo montaron en el coche patrulla.
Con aquel hostelero ya en los calabozos de la central, White y yo repasamos los datos que teníamos entre manos. Antes preparamos dos tazas de café. La noche se preveía larga. Un padre de familia muerto a tiros en el Anthony’s que, sin embargo, tendría que estar cerrado ese día. Pero cuando llegamos la escena del local era la de un sábado por la noche: vasos y botellas por la barra y las mesas, el suelo sucio, el cricket en la tele y el hilo musical puesto. Para colmo, el único detenido tenía pinta de ser un pobre infeliz al que todo pilló por sorpresa. Cuando le hicimos subir a la sala de interrogatorios lo hizo entre temblores y lágrimas. Lloraba. Lloraba mucho, suplicando que le dejáramos hacer una llamada a casa.
–¡Ni llamadas ni hostias! –le espetó Joe White mientras se servía un poco de whisky en un vaso alto.
Alcé la mano para calmarlo y recordé al detenido cuáles eran sus derechos. Le conté que el abogado del turno de oficio que le habían asignado estaba de camino y le ofrecí una taza de café. Cuando se hubo calmado, le enseñé una foto del muerto.
–¡Es el señor Miller! Pero… ¿quién ha podido matarle?
–Eso quisiera saber yo. Ya veo que, al menos, le conoce.
–Sí, claro que lo conozco. Es un cliente habitual del Anthony’s. Suele venir cada tarde, después del trabajo, en busca de una cerveza fría. Pobre señor Miller, era un buen hombre, ya le digo. No me explico quién ha podido hacer algo así. Era un tipo de lo más tranquilo. Venía cada tarde al bar, charlábamos sobre cricket… ¡Dios mío!
El hombre del chándal verde rompió de nuevo a llorar. A Joe White se le cayó el vaso de whisky y al instante llegó el abogado de oficio asignado al caso. Charlé con él brevemente –era habitual verlo por comisaría los fines de semana– y le dejé ver a su cliente, al que comunicó que había quedado en libertad. Joe White y yo nos fuimos a dormir. Sobre todo él. Necesitaba dormir la borrachera y yo necesitaba reordenar los datos que se acumulaban en torno al caso.
A las 9 en punto sobre la mesa de mi despacho encontré un sobre de plástico con una pequeña ganzúa que alguien habría utilizado para abrir el bar. El informe adjunto decía que lo habían encontrado en el cubo de la basura del bar asaltado. Parece que no fue difícil encontrar la prueba. El cubo estaba vacío. Todas estas pruebas hacían aún más inocente al único detenido de toda la operación, que por otro lado, ya estaba en libertad. Encendí el televisor que tenía en el despacho. En el matinal informaban del caso y lo hacían con unas dosis de amarillismo que incluso a mí, acostumbrado a escuchar tantas barbaridades sobre los casos que llevo, me producían asco.
Joe White irrumpió en la sala en torno a las diez.
–¡Vamos White! Recuerde que tenemos un caso pendiente de resolver –le dije.
En silencio, se dirigió a la mesita del fondo y preparó café. Miró un momento la televisión y suspiró como aliviado. Sirvió dos tazas y en una de ellas puso el primer chorro de whisky del día. Se le notaba descansado, aunque sin la jovialidad que demuestra otros días a primera hora de la mañana y con la que pretende que olvidemos que el día anterior, una vez más, se fue a casa borracho y apestando a bar.
Le enseñé la prueba que guardaba en la bolsa de plástico y le leí parte del informe. White no contestó. Se limitó a asentir con la cabeza. Reordené sobre la mesa todas las pruebas y atestados que teníamos sobre el caso. El siguió mis movimientos con la mirada y entonces le pregunté:
–Oye White, ¿por qué no nos han pasado aún el informe de balística?
–No lo sé, jefe, yo creí que…
–¡No me digas que no lo has pedido! ¡Qué coño es esto, White! –le corté de inmediato–. ¿Hay un hombre muerto por arma de fuego y a nadie se le ha ocurrido pedir un informe de balística?
Joe White se encogió de hombros y se sirvió otro carajillo.
–¡Vete a la mierda! ¡Todo lo arreglas con el whisky!
Descolgué el teléfono y pedí a los agentes del operativo que bajaran a mi despacho. Aparecieron enseguida. Mi tono de voz debió advertirles de que no iba a felicitarles, precisamente. Ninguno sabía nada sobre el informe de balística. Y lo más grave, nadie conservaba la bala que acabó con aquel pobre hombre.
–Cuando llegamos al Anthony’s alguien había recogido ya la prueba. Sin ánimo de culpar a nadie, jefe, he de decirle que el primero en llegar al lugar de los hechos fue el Inspector White y todos dimos por hecho que había sido él quien habría recogido la prueba.
White lo miró de reojo mientras daba un sorbo a su café.
–Es suficiente. Déjennos solos, por favor.
Permanecimos un largo rato en silencio. Quizás diez, quizás veinte minutos. A lo mejor solo fueron tres, pero para mí fueron eternos. Joe White se aflojó entonces el nudo de la corbata para echarse a llorar como un niño.
–El alcohol, jefe, el alcohol me…
–¡Menuda mierda, White, usted y el alcohol!¡Menuda mierda! ¿Ha probado a dejarlo alguna vez? ¿Eh? ¡Responda! ¿Lo ha probado? –dije gritando–. Mire White, a mí me da igual que usted se arruine la vida, pero procure que no afecte a mi trabajo.
–No, jefe, no es eso –contestó White entre sollozos. Metió la mano en el bolsillo de la americana y puso una bala sobre la mesa–. Yo maté a aquel hombre. Fui yo.
–¿Cómo? Que usted…
–Sí, fui yo –se levantó a por el tercer carajillo–. El alcohol, ya le digo. El martes trabajamos hasta tarde, ¿recuerda? Sí, con el caso del polígono… prostitución, droga, ya sabe. Estuve toda la tarde sin beber, necesitaba un trago urgente. Pero no puedo beber en casa. Mi mujer ha tirado todas las botellas del mueble-bar. No quiere verme bebiendo allí. Por los niños, ya sabe. El caso es que anduve un rato buscando un bar por la zona. Tan solo había uno abierto, en el que ya no me sirven. Ni siquiera enseñando la placa, ¿sabe? El Anthony’s está cerca de casa. Ese callejón es poco transitado a esas horas y… entré. Sí, entré. La ganzúa era mía. La decomisé esa misma tarde en el polígono. Me costó poco esfuerzo abrir el cierre. Entré despacio y me serví una copa ayudado con la linterna. En esas andaba cuando alguien entró en el bar. Era el señor Miller. Sí, el muerto. “Señor Wilson”, gritó varias veces. “Creo que ayer me fui sin pagar la última cerveza, he visto abierto y…” Ya no pudo decir más. Con un disparo bastó. Imagínese en mi situación, jefe. Al principio me pudo el pánico, pero con otro trago supe reaccionar. Llamé a la central. Mientras llegaban los compañeros, encendí todas las luces del bar y abrí la puerta de par en par. Organicé todo de forma que pareciera que el Anthony’s llevaba abierto todo el día. Vasos, platos, las sillas por el suelo… Incluso encendí la tele. Cuando llegaron los compañeros solo tuve que esgrimir un “yo pasaba por aquí” y despistar a todos. Después llegó usted y todo lo demás ya lo conoce.
Según iba relatando la historia, Joe White iba ganando entereza. Él mismo sacó sus esposas de un cajón y las lanzó sobre la mesa. “Ahora sabré por qué gritan tanto los detenidos del calabozo”, dijo. Yo mismo lo encerré tras leerle sus derechos. Un abogado del Cuerpo se haría cargo del caso. Hacia el mediodía oí los gritos de Joe White desde el calabozo. Yo mismo le bajé una botella de whisky que lo tranquilizara.
Carmen pudo abrir la puerta sin ningún problema. La cerradura giró enseguida impulsada por la llave, que se deslizó rápido por la ranura, muy holgada. A su izquierda encontró el interruptor. Lo pulsó y la luz, emanada desde una triste bombilla colgada del techo, inundó la salita. Los cuatro chismes, en perfecto equilibrio con el espacio, proyectaban sus sombras por las paredes, sucias y desconchadas. El techo amarilleaba, a causa del humo del tabaco, y la ventana, cerrada a cal y canto, impedía una correcta ventilación. Carmen la abrió enseguida y subió la persiana, dejando entrar la luz tibia del sol propia de mayo a las ocho y media de la mañana. Respiró fuerte y se quitó la chaqueta, colgándola en el respaldo de la sillita de madera. El silencio era atronador. Era como si el sonido tuviera miedo a entrar en un cuarto como aquel. Los pasos de Carmen por la sala, medidos y estudiados, estaban llenos de musicalidad. Eran como la música de esas películas de miedo que ves en casa, agarrado a una manta y a la mano más cercana que encuentras. Fueron esos pasos los que la llevaron hasta el cuarto contiguo, que abrió con mucho sigilo. El aire caliente y húmedo que salía de aquella estancia provocó en Carmen un pequeño vómito, que le manchó los zapatos y el bajo del pantalón. Enseguida se rehizo y buscó con la mano el interruptor de la luz. La escena se repitió. Vio de nuevo como los pocos muebles, alineados con criterio, inundaban de sombras perfectas las paredes. Una de esas sombras era la de Alfonso. Su silueta, acostada, tapaba parte de la pared y de un póster de Venecia arrugado en sus extremos, junto al que había un viejo espejo con los bordes de madera. Ella dio un respingo y buscó con la vista el cuerpo de él sobre la cama. Se extendía justo debajo de la bombilla, desnudo, con un brazo doblado haciendo de almohada y empapado en orín. Por el suelo, desperdigados, varios cigarrillos, un mechero, una botella de whisky vacía y un par de prendas de ropa interior.
–Así que estabas aquí –dijo Carmen en un susurro, como pensando en voz alta –. ¡Alfonso! –gritó.
Pero Alfonso no varió su postura. Carmen se acercó despacio hasta él y, aguantando la respiración, lo agarró por la muñeca para comprobar que seguía vivo. Tenía pocas dudas, porque no era la primera vez que se lo encontraba en aquellas circunstancias. Midiendo mucho sus movimientos, Carmen abrió también la ventana y subió la persiana. Apagó la luz y recogió una a una las prendas esparcidas por el suelo. Las guardó en una bolsa de plástico que sacó del bolso y luego recogió el cenicero, los cigarrillos, el mechero y la botella vacía. Los llevó hasta la pequeña cocina de aquel viejo apartamento en el que Alfonso vivió sus últimos años de soltero. Allí rebuscó entre los armarios, donde encontró un poco de café que preparó después de calentar agua en un puchero de latón. Cuando estuvo listo, puso dos tazas y se sentó con ellas en la mesita del comedor. Por aquella pequeña ventana vio el horizonte más claro que nunca. Los amaneceres de mayo son así, transparentes. Casi esclarecedores. Pensó en sus dos hijos, a los que acababa de dejar en la escuela, y en que hoy también llegaría tarde al trabajo. Y pensó en su madre, que incluso antes de morir le advirtió de los peligros de las relaciones que se viven al límite. Cegada por el sol, Carmen derramó un poco de café sobre su blusa blanca, dejando una mancha deforme, de esas que son imposibles de limpiar. No obstante, intentó hacerlo ayudada por un trapo en la cocina. Al restregarlo fuerte sobre su costado notó un dolor intenso, similar al que le produjo la última patada de Alfonso por la noche, antes de marcharse de casa. Era un dolor muy fuerte, casi insoportable, que a ratos le impedía respirar. Se quitó la blusa y la guardó en la misma bolsa en que había metido la ropa interior de Alfonso. Después volvió a la salita y se puso la chaqueta que había dejado en el respaldo de la silla. Una suave brisa entraba por la ventana y Carmen se cruzó de brazos. Después cogió uno de los cigarrillos que había recogido del suelo, lo acarició despacio con las yemas de sus dedos y lo encendió. El humo se arremolinaba en pequeñas volutas negras, que se disolvían al chocar contra el techo. Sin haberlo consumido, lo apagó fuerte contra el cenicero y se dirigió de nuevo a la habitación en la que Alfonso dormitaba la borrachera. Había cambiado de postura. Carmen se miró al espejo. Sus pechos desnudos asomaban tras su chaqueta, que también dejaba ver uno de esos moratones que manchaban su piel y a los que nunca terminaba de acostumbrarse. Entretanto, Alfonso se iba desperezando al olor del café y del tabaco y a la intensidad de los rayos del sol en plena mañana de mayo. Carmen se quitó los zapatos y volvió descalza a la salita, donde agarró la botella de whisky que Alfonso había vaciado la noche antes, tras vaciar su ira sobre el cuerpo de su mujer. Cuando regresó al cuarto, Alfonso estaba ya sentado en la cama, con las manos en los ojos, cegados por el sol. Estaba desnudo, pero no sentía frío. Con la mano izquierda rebuscó sobre la mesilla, intentando rescatar el último cigarrillo. “Deja de buscar”, pensó Carmen, arrodillándose sobre el colchón por el otro lado de la cama. En vano, aturdido, Alfonso intentó girarse, pero nunca llegó a ver a quien tenía detrás. El impacto de la botella vacía sobre su nuca le cegó para siempre. Carmen arrojó contra él la boca de la botella que conservaba en su mano derecha. Después se puso los zapatos y repitiendo a la inversa los movimientos de principio bajó la persiana y cerró la ventana. Cerró la puerta del cuarto y regresó a la salita, donde se puso la blusa, que tapó de nuevo las manchas en su carne. Para no quedarse a oscuras encendió la luz, bajó la persiana y cerró la ventana. Se paró para encender otro cigarrillo y se fue hacia la puerta marcando bien sus pasos. Sus zapatos sonaban a alivio, a suspiro. Antes de salir arrojó las llaves al suelo y se marchó dando un portazo.
Uf, otra vez el folio en blanco. ¿De qué escribo? ¿Qué quiero contar? Joder, si la otra noche pensé en algo, pero como no lo apunto nunca. ¡Que sequía, Dios! Espera, que no sé si he sacado la cena del congelador. Pues no, no la he sacado. Pues a ver qué coño ceno esta noche. Había una historia muy buena, ah sí, aquella del hijo que no sabe dónde está su madre y descubre que la mató su padre, que resulta ser un asesino en serie. Venga, voy con esta. A ver cómo lo empiezo. Anda, un mensaje de Facebook. Qué bueno el comentario. Le contesto y sigo. A ver, a ver esa foto… Qué buena. Sale guapa Alba, ¿eh? Sí señor, muy guapa. Venga, vamos con el relato, que no me centro. Esta idea me gusta, las pesadillas del hijo coinciden con los polvos del padre y sus amantes. Es buena, la desarrollo. Lo del hilo de sangre me ha gustado, pero le falta tensión. Joder, ese póster tiene más años que la tos. A ver si lo cambio. Yo tenía uno muy chulo, con la fuente de Baco… ¿Dónde coño lo guardé? A ver si pongo orden en el despacho, que al final no encuentro nada cuando lo necesito… Venga, ahora el chaval descubre la habitación del padre. Menudo hortera, ¿eh? Nunca pensé que algo así pudiera existir. Jajajajajaja. Esto de escribir mola, ¿eh? Y a ver si lo limpio, que los libros tienen más polvo… dentro de nada no veo ni el título en los lomos… ¡Vaya tela! Me parece importante la figura del perro. Puede ser un buen apoyo a la historia. ¡Venga! ¡A ver dónde le meto! ¿Qué se cuece por Twitter? Joder, cómo se aburre la peña. Mira ése, las tonterías que escribe. ¡Venga! Que el que tiene que escribir eres tú, que tienes que presentar un relato y al final no te centras y presentas cualquier cosa… Vamos a ver, por dónde iba. ¡Ah, sí! ¡El perro! ¡Joder! ¡Pobre chucho! ¡Cómo me lo cargo al final! Si es que se nota un huevo que no me gustan los perros. Al final va a ser verdad eso que dice David de que la experiencia vital acaba impregnando los relatos. ¡Hale! ¡Menos filosofía y a escribir! A ver si consigo darle algo de tensión, que va al cementerio como el que va al parque de atracciones. ¡Joder! ¡Menuda mierda lo de la reja que se cierra! ¿Algún tópico más? ¿La luna que colgada con hilos de bruma? ¡Vete por ahí! Ah, yo tenía que enviar un mensaje a Soraya. ¡El tiempo que llevo sin verla! A ver si viene este fin de semana y nos tomamos unas copas… ¿Y Leticia? Joder, abandonada la tengo, también tengo que llamarla. El cuchillo manchado de sangre es una buena pista… ¡Sí! ¡Me gusta! A ver si organizamos una cenita para mi cumpleaños y nos reunimos todos. Puede estar bien. ¡Qué frío queda que deje al perro ahí tirado, como si tal cosa! No sé si será bueno o malo, creo que define un poco la personalidad del tipo. A ver qué opinan mañana los compañeros en clase. Pues sí, podíamos ir a cenar al Almíbar. Buena calidad precio. Venga, la organizo. Mando un mail y a ver si van contestando para reservar. Lo de que el padre y el hijo vuelvan abrazados, como que no. Pero no me quedan tiempo ni ganas de seguir escribiendo, que empieza el partido del Madrid. Así me salen los relatos, verás David mañana. ¿Qué tal os viene cenar este sábado?